
Por Gal Sanhueza
En este texto, Gal Sanhueza propone el concepto de cuerpo-verbo y sus derivas en el arte y la vida
Cuerpo-verbo, un verbo social, cultural y político. Un cuerpo lienzo de las construcciones y deconstrucciones de habitar en relación con el contexto, habitáculos próximos que paulatinamente se agrandan en la medida que voy creciendo en la línea cronológica del paso de los años. Desde que entendí mi cuerpo como un cuerpo-político, cuerpo-hablante, cuerpo-verbo, género y sexo empezaron a ser habitáculos de reflexión, indagación y experimentación. Bajo esa reflexión el encuentro con el arte y su hacer me llevó por una deriva para entender la propia producción desde otros enfoques posibles. Por lo que arte y vida se configuran como un punto de anclaje en donde este cuerpo-verbo acciona, reflexiona y experimenta.
Todo comenzó con el cine experimental en Córdoba capital Argentina. Nuevas formas de entender los relatos, discursos que diversifican voces y la experimentación se presenta como espacio de creación crítica. Me encuentro con el género documental donde parece que los límites de la experimentación son difusos. Documentar, registrar, pensar el cotidiano deviene en performance. Hago un taller con Lucrecia Requena que se llamaba “Espacio Performance” y me encuentro con Preña Mutosi. Allí todo se modificó. Los cuerpos dialogan sobre intervenciones en el espacio público, lecturas, música, parecíamos un grupo de rock, pero de la performance en una Córdoba del 2014 que ebullía deseo de experimentación. Ciclos, muestras, festivales, todos eventos culturales en dónde performance, ruido y experimentación audiovisual conviven.
Por aquellos días de 2015, me encontraba con Jules Groube en una residencia artística. Realizamos un convivio 5 días completamente desnudxs en Casa 13 un espacio cultural autogestivo de la ciudad. Llamamos a la intervención des-nudo, invitamos al público a visitarnos y si en algún momento sentían el deseo de desnudarse, lo podían hacer. Dialogamos sobre el cuerpo, y nos preguntamos ¿qué pasa con la vestimenta?, ¿qué resonancias se desprenden?, ¿qué pasa con las superficies? Una de esas mañanas hablando con Jules nos preguntamos por los nombres y le cuento que quiero cambiar mi nombre. Jules me cuenta que hizo cambio de género y por eso se llama Jules, en ese tiempo ambxs usábamos pronombres femeninos. En uno de los pasajes del texto El cuerpo del artista de Tracy Warr y Amelia Jones (2006) en dónde hablan del cuerpo cotidiano del artista, mencionan … estos artistas de lo cotidiano señalan con sus cuerpos la dimensión histórica y social de la vida. (p. 29) Así en este diálogo entre lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo se llevó a cabo esta residencia en un habitar como si fuera nuestra casa en dónde recibimos a distintas personas y les invitamos a habitar la casa con nosotrxs, almorzabamos, merendábamos y cenábamos todxs juntxs.
El proceso de cambio de nombre fue paulatino, en 2018 accedí a mi nuevo DNI y empecé a relacionarme con esa “identidad social” masculina de manera más concreta. Entre el 2016 y 2018 usé el pelo corto, tenía pelos en las piernas y axilas, no usaba corpiño, y mis ropas eran bastante “varoniles”. Empecé a visualizar que, ante mi insistencia en el uso del pronombre masculino, en algún momento las personas me preguntaban ¿qué pronombre usas? Me di cuenta que la palabra interpela de una forma concreta, y se evidencia más, cuando mis ropas son “femeninas” y mi pelo está largo. El pelo es un elemento clave en la primera sensación de femenino/masculino, algo que habíamos identificado con Jules en la intervención des-nudo.

Arte y vida parecen aquí estar unidos en ese diálogo constante que se establece entre cuerpo y contexto performativo. Por eso apelo al término cuerpo-verbo como una metáfora infinita de esos cruces constantes de un cuerpo situado que habita, que tiene acción. Un cuerpo que es político, habla y se nombra. Judith Buttler en su texto Cuerpos que Importan – Sobre los límites materiales y discursivos del sexo (1993), nos habla de la performatividad discursiva y como ésta opera en la materialización del sexo. También nos dice que esta materialización se extiende a distintas esferas del pensamiento patriarcal. Por lo que poner en diálogo esos procesos de identidad que están atravesados por la construcción social, cultural y política de nuestros cuerpos a través de un gesto artístico, de una obra, es poder seguir abriendo y ampliando discursos, relatos, técnicas de resistencia y mecanismos de poder. Al mismo tiempo, en la interpelación del diálogo concreto se evidencia esta performatividad discursiva de la que nos habla Judith, así como en el uso del pronombre masculino en un cuerpo que aparenta una feminidad socialmente construida. Judith asocia la performatividad a la repetición y la actuación, en su ensayo hace dos preguntas claves para el desarrollo de esta relación entre performance y género “¿Hay algún modo de vincular la cuestión de la materialidad del cuerpo con la performatividad del género? Y ¿qué lugar ocupa la categoría sexo en semejante relación?” (p.57). Aquí la autora explicita la función del sexo como regulador y régimen de los cuerpos al mismo tiempo que regula las performances que están dentro de esa regla y las que quedan desplazadas, rechazadas. Es importante también notar el término materialización, ya que esa regulación se materializa en los cuerpos que devienen en conductas regulatorias, instituciones y todo un sistema de pensamiento patriarcal que encaja a los cuerpos no heteronormados como abyectos y desobedientes, incluso hasta enfermos.
Cuerpo-verbo apela a la enunciación en sí mismo, en dónde lxs cuerpxs disidentes se encuentran en un límite difuso. La performance habita en el cotidiano, vida y arte. La creación está atravesada por nuestra perspectiva desde las experiencias que atravesamos. Es por esto que me resulta tan poderosa la performance en este sentido de cuerpo atravesado y puesto en diálogo. Un cuerpo que se muestra desde una representación a veces más concreta, otras más abstracta o simbólica, en ella aguarda esa mirada que se sienta interpelada y tal vez desde ese gesto compartir que los puntos de vista son múltiples ante un contexto que interviene en nuestrxs cuerpos y experiencias de manera concreta.
Más allá de las pautas generales de la acción/performance, experiencias previas o entrenamiento, existe un devenir en el momento de la intervención que está sujeto al contexto en el que se desarrolla. Greco en su Manifiesto Dito menciona “El arte vivo es la aventura de lo real” (1962). Esa aventura de lo real claramente está presente siempre en la performance ya que el devenir de la situación que se crea, la expectación que se produce predispone a que el arte de acción sea un arte vivo, en movimiento y flujo de intercambio, directa o indirectamente, con el entorno en el que acontece.
Así en ese diálogo con el cuerpo, la materialidad de la producción artística se diversifica. Los formatos de producción y metodologías de trabajo difuminan los bordes entre vida-arte y lo performativo abre nuevas fisuras de encuentro, diálogo y reflexión. Donde el cuerpo es el anclaje de investigación, la performance se transforma en una constante escritura, re-escitura y enunciación.
