“Amor entre mujeres” Hubo una vez un comienzo y fue feminista

En marzo de 2017 nació Mundo Performance, una pequeña plataforma en crecimiento, que Roma Vaquero Diaz llevaba a donde fuese, brindando talleres, charlas y artivaciones. A uno de esos talleres, en Buenos Aires, llegó Gloria V. Romero, una escritora mexicana de sonrisa grande y ojos curiosos que participó del espacio durante todo el tiempo que estuvo en Argentina, y que hoy nos regala este relato sobre su transitar feminista en esos días, en el taller de performance y en su propia vida.

AMOR ENTRE MUJERES

Por Gloria V. Romero*

Las mujeres de mi vida. Es una frase que estoy resignificando. Aprendí a ver a las mujeres no con el amor que me enseñaron hacia los hombres, ese en donde me dejé domesticar, ese que me oprimió el pecho cuando un día me miré al espejo y no me reconocí, no sabía quién era. Ese que me hizo depender y no descubrir al ser que estaba al lado mío y a mi propio ser. Ese ser que si él se enojaba temía por mi vida o que me fuera a abandonar por otra. Ese amor que tenía que llegar porque si no llegaba entonces algo malo pasaba conmigo, ese que para evitar estar sola, aunque mirara las banderas rojas desde el inicio, lo justificaba con un “es que se preocupa por mí, quiere saber con quién estoy, si ya llegué a mi casa, si este fin de semana saldré con mis amigas, si llevo falda o vestido para que los otros hombres no me miran lascivamente.” Ese que a los meses me planteaba si quería que fuera el padre de mis hijxs, hasta pensaba en cuáles serían sus nombres. Ese que cuando menos me daba cuenta era el primer mensaje que mandaba al despertar “buenos días, ya te quiero ver” o si yo tenía algún plan conmigo, mis amigas o mi familia, estaba dispuesta a cancelarlo si él tenía un plan mejor. Todo el día revisando la pantalla del celular a ver si llegaba algún mensaje. Las largas conversaciones para enseñarles cómo había que amarme, es que parecía que simplemente vivíamos en otro mundo.
Bueno, pues a ese amor no me refiero. De hecho, eso tuve que quitármelo desde la raíz, como se quitan las raíces de un árbol que lleva años en el bosque. Cuestionar si en verdad me gustaban los hombres o era acaso que en todos lados se reafirmaba la frase “encontrarás el amor de tu vida”, en otras palabras “que un hombre te elija, es lo mejor que te puede pasar”. ¡Renuncio! como buena desobediente elegí salir de la heterosexualidad obligatoria, no solo por rebelde, tuve razones plausibles para salir de ahí: elegirme o dejar que me elijan. Todo comenzó cuando tenía veintisiete, ojalá hubiera salido antes. Ojalá hubiera tenido la fuerza y madurez que tengo ahora, ojalá hubiera tenido referentes cercanos. Ojalá el feminismo hubiera llegado a mi vida antes con todas sus letras, que no me hubiera dado miedo enunciarme feminista a más temprana edad. No sucedió así, y es cruel reclamarme que no fuera así, no tuve referentes, desde luego, había mujeres fuertes y admirables como mi madre, pero ninguna que se nombrara feminista.

Mi primer referente más cercano feminista, fue Roma, una performera argentina, a ella la conocí en un viaje a Buenos Aires, yo sabía que buscaba algo en ese viaje, pero no sabía muy bien qué, me interesaba el arte y tenía mucha curiosidad de explorar en la performance, porque suelo ser más corporal, me gusta moverme y bailar. Ella daba clases de performance en un pequeño centro cultural por caballito, nos ponía en círculo y al mismo momento que hablaba cebaba el mate y lo comenzaba a pasar para que todas tomáramos un sorbo, nos hacía pensar en lo que éramos nosotras mismas, a cuestionar los mandatos impuestos por nuestro sexo, por qué hacemos lo que hacemos y por qué queremos ser lo que queremos ser. Caminábamos por el salón descalzas y respirando profundamente, cada que nos cruzábamos con la otra nos mirábamos a los ojos para reconocer nuestro cuerpo, el espacio y a la otra. Nos enseñaba a esas mujeres artistas maravillosas, recuerdo a Ana Mendieta, una artista cubana que, con el barro, la tierra, las flores y rocas creaba sus siluetas, Mendieta fue asesinada por su pareja. Recuerdo a las francesas en el cortometraje de Agnès Varda “Respuesta de mujeres: nuestro cuerpo, nuestro sexo.” donde mujeres de diferentes edades, madres, hijas, hermanas, amigas, profesionistas, con ropa o sin ropa hablaban sobre lo que significa ser mujer. Recuerdo a Mierle Laderman, una mujer que limpió un museo por horas para demostrar la precarización del trabajo de limpieza. Recuerdo a Marina Abramović en una performance que consistió en estar de pie e inmóvil y una mesa con setenta y dos objetos y un cartel que decía “pueden hacerme lo que quieran.”
Mi forma de caminar y mi relación con el territorio cambió, reconocer mi cuerpo en la calle era diferente, ya no tenía tanto miedo al caminar sola por una ciudad que era desconocida, me empezó a gustar perderme en las calles de Buenos Aires, hacía cartografías de mis caminatas, hacía un registro de los mapas por las zonas que recorría; el barrio de Almagro, Boedo, Caballito, Flores, Chacarita, una vez en el lugar destino tomaba foto de un objeto que me llamara la atención en cada ruta y de alguna parte de mi cuerpo, llevaba un registro de todo. Una de mis caminatas fue un performance/ protesta, una mujer había sido asesinada por su pareja en mi Universidad en México, compré un crisantemo blanco que se asocia con la muerte, pero simboliza una larga vida. Caminé por los siete kilómetros de la calle México, mis lágrimas de rabia e impotencia caían sobre mis mejillas, sentía un nudo en mi garganta, no podía enunciar ni una palabra. Regresé en silencio todo el trayecto a casa y encendí una vela, seguí llorando hasta cansarme. Yo no conocía a esa mujer, no era necesario conocerla para sentir una pena.

A los siguientes días era la marcha del Ni una menos, Roma nos citó en una cafetería para ir juntas y nos regaló unos pañuelos que ella había hecho, era la primera vez que marchaba junto a mujeres de todas las edades, las calles estaban repletas, ellas cantaban y gritaban al unísono ¡el estado es femicida!, ¡ni una menos!, ¡vivas nos queremos! ese día sentí que la tierra rugió bajo mis pies, las voces de esas mujeres hicieron que mi piel se enchinara y mi corazón latiera fuerte, su grito me hizo sentir con el coraje para seguir caminando y por fin gritar y deshacer el nudo que tenía en mi garganta. La marcha terminó en la plaza de mayo, había un pequeño escenario y las madres de la plaza de mayo tomaron el micrófono para enunciar los nombres de mujeres vivas y asesinadas, hubo un momento que todas se comenzaron a poner los pañuelos verdes en la cabeza como lo hacían las madres de la plaza de mayo y hubo un silencio. Este recuerdo lo llevo conmigo como un amuleto que contiene sus voces, cierro los ojos y me imagino ahí como un símbolo de memoria y justicia.
Cuando regresé a México mi manera de habitarme mujer feminista me abrió los ojos y la consciencia, y mi curiosidad por seguir investigando sobre mi propia forma de estar en el mundo y sobre el feminismo, de a ratos fue doloroso porque al cuestionar o apalabrar mi sentir como mujer feminista fui invalidada por mi familia y amigos, tuve que tomar distancia de algunos vínculos y espacios. Ahora pienso que lo doloroso no fue el feminismo, sino el patriarcado y la misoginia porque la forma en la que yo quería ser mujer era cuestionada o vista como exagerada, loca, feminazi o el argumento falaz de “contigo ya no se puede hablar porque todo te lo tomas personal” y “te pones muy sensible o enojada” solo por expresar lo que pensaba, solo por nombrarme feminista, solo por no guardar silencios que tenía guardados desde niña. El amor romántico es un pilar del patriarcado, se sostiene cuando nos hacen creer que nuestro valor está en encontrar nuestra otra mitad y que el verdadero amor duele porque sacrificas tus deseos, anhelos, sueños, te entregas toda en cuerpo y alma, pero lo que duele es el amor romántico que te hace depender de un otro incluso aunque la pases mal, te puedes quedar para intentarlo, intentarlo e intentarlo porque el amor todo lo puede, y no, no basta con el amor y no todo lo puede. Ya no me desgasto en las trampas del patriarcado y su amor romántico, pero existe y sigue haciendo mucho daño.

Habitarme mujer feminista con otras mujeres me volvió más libre, hizo que mi voz se convirtiera en un eco, hizo que pudiera contar que yo también viví violencia no con uno, sino con varios tipos, porque estaba tan entrenada a no enunciarla que era parte del amor y ellas, las mujeres de mi vida me creyeron sin juzgarme. También combatí la falsa creencia de que la peor rival de una mujer es otra mujer, esto es un entramado muy oscuro, costó quitarme esta creencia porque todo el tiempo estaba compitiendo y comparándome con otras. Habitarme mujer feminista conlleva una responsabilidad conmigo porque implica observarme y ver mi misoginia cuando juzgo a otras mujeres, cuando me cuesta entender que su experiencia en este mundo y su punto de partida no es el mismo que el mío, somos diversas. La autocrítica no es para castigarme, sino para cuestionarme y observarme con afecto. El habitarme feminista es una praxis de a diario, pues voy cambiando y voy teniendo nuevas experiencias. También es comprender que si la otra se enuncia feminista tiene su propio proceso y sus nutritivos saberes, ninguno es más valioso que otro. Es poder acompañar sin invalidar la forma que la otra tiene de estar en el mundo, es escucharnos con los oídos, los ojos y los abrazos.
Amar a otras mujeres es desobediencia y libertad. Amar la forma en que hacen lo que hacen, la forma en la que escuchan, la forma en la que crean y la forma en la que tejen y destejen su propia vida. La forma en la que deciden no ser madres, la forma en la que deciden ser madres. La forma en la que danzan. La forma en la que cometen errores. La forma en la que son humanas. La forma en la que gritan. La forma en la que deciden guardar silencio. La forma en la que cantan y recitan poesía con otras mujeres. La forma en la que miran a sus hijas. La forma en la que escriben. La forma en la que abren caminos para otras. La forma en la que se enojan y cuestionan los mandatos. La forma en la que marchan y toman las calles, las escuelas, las plazas, los parques y los poderes. La forma en la que caminan. La forma en la que habitan su soledad. La forma en la que somos diferentes. Amar a las mujeres me hace entender que no necesito ser perfecta, necesito ser humana conmigo y con ellas. Las mujeres de mi vida son las mujeres que conocí, son las mujeres que conozco y son las mujeres que conoceré.

*Gloria V. Romero es una mujer del desierto-cachanilla. Es escritora de cuentos feministas, creadora e investigadora, que le interesa cuestionar los mandatos y desobedecer. Actualmente radica en CDMX, México donde investiga los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y le interesan los procesos creativos de las mujeres en disciplinas como: escritura, danza, performance, vídeo, música y fotografía.

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close