
Adrienne: ¿A qué te refieres cuando dices que dos de tus ensayos breves, “La poesía no es un lujo” y “Usos de lo erótico”, en realidad son secuencias?
Audre: Me refiero a que forman parte de algo que está inconcluso. No sé cómo será lo que falta, pero son claramente secuencias de la tentativa de ir plasmando algo relacionado con el primer texto en prosa que escribí en mi vida. Uno de los hilos conductores de mi existencia es la batalla por preservar mis percepciones –tanto si son agradables como desagradables, dolorosas o lo que fuere…
Adrienne: De preservarlas por mucho que te las nieguen.
Audre: Y por muy dolorosas que sean. La verdad es que siempre me he expuesto al castigo, me he lanzado a él de cabeza: “Si es la única manera en que puedes tratar conmigo, adelante, trata conmigo de esta manera”.
Adrienne: ¿Te refieres a tu infancia?
Audre: Me refiero a toda mi vida. Siempre me he mantenido gracias a los sentimientos. He vivido por ellos. A un nivel tan subterráneo que no sabía cómo expresarme en palabras. Me dedicaba a experimentar otros medios de comunicar y recibir información y todo lo que fuera posible, porque el lenguaje no era el medio adecuado. A mi alrededor, la gente hablaba sin cesar –y nadie solía recibir ni ofrecer casi nada realmente valioso, ni para ellos ni para mí.
Adrienne: Y tampoco escuchaban lo que tú querías decir, en los momentos en que te lanzabas a hablar.
Audre: Cuando me preguntaste cómo empecé a escribir, te conté cómo utilicé la poesía desde que era muy joven. Si alguien me decía: “¿Cómo te encuentras?”, o “¿Qué piensas?”, o me hacía alguna otra pregunta directa, yo recitaba un poema, y el sentimiento, el fragmento vital de información, estaba en algún lugar del poema. A veces era un verso. Otras una imagen. El poema era mi respuesta.
Adrienne: Era una especie de traducción a ese poema, ya existente, de algo que tú sabías de una manera preverbal. ¿La poesía se convirtió en tu lenguaje?
Audre: Sí. Me recuerdo leyendo en la sala infantil de la biblioteca, debía de estar en segundo o tercer grado, no más, pero recuerdo el libro. Era una edición ilustrada de un libro de poesía de Arthur Rackham. Siempre eran libros viejos: a la biblioteca de Harlem iban a parar los libros más viejos, en las peores condiciones. “Los oyentes”, de Walter de la Mare –ese poema no lo olvidaré nunca.
Adrienne: ¿Es ése en el que un viajero llega a caballo hasta la puerta de una casa abandonada?
Audre: Sí. Llama a la puerta y nadie le responde. “¿Hay alguien?”, dijo. Ese poema se me quedó grabado. Al final, el viajero aporrea la puerta y siguen sin responderle, pero él tiene la sensación de que en la casa hay alguien. Luego hace girar a su caballo y dice: “Diles que he venido y nadie respondió. Que he cumplido mi palabra”. Solía recitarme ese poema una y otra vez. Era uno de mis preferidos. Si me hubieses preguntado: “¿De qué trata?”, creo que no habría sabido responder. Y, precisamente, ése fue el motivo principal de que me pusiera a escribir, la necesidad de decir cosas que no lograba decir de otra manera y que tampoco estaban expresadas en poemas ya escritos que yo conociera.
Adrienne: Así que tuviste que crear tus propios poemas.
Audre: Había muchísimas emociones complejas que no estaban reflejadas en poemas. Tuve que descubrir un medio secreto para expresar mis sentimientos. Solía memorizar mis poemas. Solía recitarlos en voz alta; casi nunca los escribía. Tenía una reserva enorme de poesía en mi cabeza. Y recuerdo que, ya en el instituto, trataba de pensar de una manera no poética. Veía cómo pensaban los demás, y me dejaba asombrada –pensaban paso a paso, no en burbujas salidas de un caos que era necesario anclar con palabras… creo que esto lo aprendí de mi madre.
Adrienne: ¿Qué es lo que aprendiste de tu madre?
Audre: La importancia de la comunicación no verbal, por debajo del lenguaje. Expandí mi vida gracias a ella. Al propio tiempo, como vivía en este mundo, no quería emplear el lenguaje igual que mi madre. Ella tenía una relación curiosa con las palabras: cuando una palabra no le servía o no poseía la fuerza suficiente, sencillamente inventaba otra, y esas palabras inventadas pasaban a formar parte del lenguaje familiar, y ay de aquel que las olvidara. Pero creo que mi madre me enseñó algo más… que había un poderoso mundo de comunicación y contacto no verbal entre las personas, un mundo que era absolutamente esencial y había que aprender a descifrar y a emplear. Uno de los motivos de que me costara tanto hacerme mayor fue que mis padres, y en particular mi madre, siempre esperaban que supiera lo que sentían, mi madre esperaba que lo supiera sin necesidad de decírmelo. Y a mí me parecía natural. Mi madre esperaba que lo supiera todo, aunque no se lo hubiera oído decir…
Adrienne: La ignorancia de la ley no era un eximente.
Audre: Exactamente. Resultaba desconcertante. Pero, con el tiempo, aprendí a adquirir información vital y protectora sin necesidad de que mediaran las palabras. Mi madre tenía por costumbre decirme: “No te limites a escuchar como una boba lo que la gente dice con la boca”. Y luego me decía algo que no me gustaba. De la observación siempre se aprende. Hay que percibir el lenguaje no verbal, porque la gente nunca te va a decir lo que se supone que debes saber. Todo lo necesario para la supervivencia debes aprenderlo por tu cuenta. Y si cometes un error, sufres un castigo, pero eso poco importa. Te vuelves fuerte al hacer las cosas para las cuales necesitas fortalecerte. Es así como opera el verdadero aprendizaje. Es una manera muy difícil de vivir, pero a mí siempre me ha servido. Ha sido tanto una ventaja como un obstáculo. Al comenzar a asistir al instituto, descubrí que, en verdad, la gente pensaba de maneras diferentes… percibía cosas, las desentrañaba, adquiría información verbalmente. Fue una época muy dura. Nunca estudié; en realidad intuía a mis profesores. Por eso era tan importante para mí que me tocara un profesor que me gustara, porque nunca estudiaba, nunca leía los libros de texto; fui adquiriendo muchas cosas al percibir lo que los profesores sentían, lo que sabían… pero también perdí muchas cosas, buena parte de mis aptitudes originales.
Adrienne: Cuando dices que nunca leías, te refieres sólo a los libros de texto, pero sí leías, ¿verdad?
Audre: Cuando leía las lecciones, no las leía de la manera en que se suponía que había que leerlas. Las leía como si fueran poemas, con distintas curvas, diferentes niveles. Por eso siempre tenía la impresión de que mi manera de asimilar las cosas era diferente de la de los demás. Y hacía prácticas para tratar de pensar.
Adrienne: Para hacer lo que se suponía que hacían los demás. ¿Recuerdas lo que sentías al intentarlo?
Audre: Sí. Tenía la imagen de estar tratando de dar alcance a algo que estaba a la vuelta de una esquina, que me eludía. La imagen se desvanecía constantemente. En México, cuando me mudé a Cuernavaca, tuve una experiencia…
Adrienne: ¿Qué edad tenías entonces, más o menos?
Audre: Tenía diecinueve años. Me desplazaba todos los días a Ciudad de México para asistir a clase. Para llegar a la primera clase, tenía que coger el autobús de las seis de la mañana en la plaza del pueblo. Salía de casa antes de que amaneciera. Ya sabes que allí hay dos volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. La primera vez que los vi por la ventana de casa pensé que eran nubes. Cuando salía aún estaba oscuro, alcanzaba a ver la cima nevada de las montañas, y luego el sol elevándose en el cielo. Y cuando el sol llegaba a cierto punto, los pájaros rompían a cantar. Como estábamos en el valle, parecía que aún era de noche. Pero la nieve despedía luz. Y luego se oía el increíble crescendo de los pájaros. Una mañana subí a la montaña y sentí cómo se desprendían los aromas verdes, húmedos, de la tierra. Y luego los pájaros, hasta entonces nunca me había fijado en sus cantos, nunca los había escuchado. Descendí la ladera en éxtasis. Era muy hermoso. Desde mi llegada a México no había escrito nada. Para mí las palabras eran poesía, eran muy importantes… En aquella montaña sentí el primer indicio de que podría unir ambas cosas. De que podría infundir mis sentimientos en las palabras. No era necesario crear el mundo sobre el que escribía. Comprendí que las palabras podían expresar los sentimientos. Que las frases cargadas de emoción eran una realidad. Hasta entonces creaba estructuras en cuyo interior se escondía una pepita de oro, como en un pastel chino, en algún lugar había un trocito de alimento, aquello que yo necesitaba realmente, lo que tenía que crear. En aquella montaña me sentí impregnada de aromas, de sentimientos, de imágenes, impregnada de una belleza a la que no daba crédito… era algo sobre lo que hasta entonces siempre había fantaseado y nada más. Antes imaginaba los árboles y soñaba con los bosques. Hasta que me pusieron gafas a los cuatro años, siempre creí que los árboles eran nubes verdes. Cuando leía a Shakespeare en el instituto, me paseaba por sus jardines, entre los musgos y las rosas españolas, y las rejas tras las que reposaban hermosas mujeres, y el sol que relumbraba en los ladrillos rojos. En México descubrí que esto podía ser una realidad. Y aquel día en la montaña aprendí que las palabras podían ponerse a la altura de esa realidad, recrearla.
Adrienne: ¿Crees que en México viste una realidad tan extraordinaria, tan vívida y sensual como antes sólo la habías visto en tus fantasías?
Audre: Eso creo. Antes pensaba que sólo podía crearla en la imaginación, inventarla. En México aprendí que nada se puede inventar si no existe o no puede llegar a existir. No sé cuándo empezó a existir para mí por primera vez; sí recuerdo historias que me contaba mi madre sobre Granada, la isla caribeña donde nació… ero aquella mañana, en México, me di cuenta de que no tendría que pasar el resto de mi vida inventando la belleza. Recuerdo que traté de explicarle a Eudora aquel milagro, y que no tenía palabras para expresarlo. Y recuerdo que ella me dijo: “Escribe un poema”. Al tratar de escribir un poema sobre cómo me había sentido aquella mañana, no lo conseguí, sólo recordaba que tenía que haber una manera. Y eso era de una importancia capital. Sé que regresé de México muy cambiada, y ese cambio se debió en buena parte a lo que aprendí de Eudora. Pero, por encima de eso, fue como si hubiera dado rienda suelta a mi obra, a mí misma.
Adrienne: Luego regresaste al Lower East Side, ¿no es así?
Audre: Sí, volví a vivir con mi amiga Ruth, y empecé a buscar trabajo. Había pasado un año en la universidad, pero ese mundo me era ajeno. Se me ocurrió hacerme enfermera. Estaba teniendo muchísimas dificultades para encontrar cualquier tipo de trabajo. Así que pensé, saco un diploma de Enfermería y luego vuelvo a México…
Adrienne: Ya con un oficio…
Audre: Pero eso tampoco fue posible. No tenía dinero y a las mujeres Negras no se les concedían becas para estudiar Enfermería. En aquel entonces no lo comprendí, porque lo que alegaban era que tenía mal la vista. Lo primero que hice al regresar fue escribir una obra en prosa sobre México, la titulé “La Llorona”. La Llorona es una leyenda de esa región de México, de la zona de Cuernavaca. ¿Conoces Cuernavaca? ¿Conoces las grandes barrancas? Cuando llueve en las montañas, las rocas se precipitan por los enormes despeñaderos. El sonido, la agitación, comienza uno o dos días antes de que lleguen las lluvias. El sonido conjunto de las rocas que ruedan compone una voz, y los ecos resuenan y parece un llanto, con las aguas de fondo. Modesta, una mujer que vivía en mi casa, me contó la leyenda de la Llorona. Una mujer que tenía tres hijos descubrió un día a su marido en la cama con otra –es la historia de Medea–, y ahogó a sus hijos en las barrancas. Y todos los años, por estas fechas, regresa a llorar su muerte.
Basándome en esta historia y combinándola con una serie de cosas que sentía por entonces, escribí un relato titulado “La Llorona”. En esencia, trata sobre la relación con mi madre. Más o menos, cogí a mi madre y la puse en aquella situación: he aquí una mujer que mata, que quiere algo, una mujer que devora a sus hijos, que pide demasiado, pero no lo pide porque sea mala sino porque aspira a tener una vida propia, pero su vida ya está demasiado distorsionada. Era un relato muy extraño, sin final, pero la dinámica…
Adrienne: Se diría que tratabas de combinar dos fragmentos de tu vida, tu relación con tu madre y lo que habías aprendido en México.
Audre: Sí. En fin, no me enfrenté al gran peso que tenía mi madre dentro de mí, y lo tenía, ni tampoco a lo mucho que eso me afectaba. Pero es una historia hermosa. Algunos fragmentos están en mi cabeza, allá donde tengo la reserva de poesía, expresiones, cosas así. Hasta entonces nunca había escrito prosa, y no he vuelto a escribirla hasta ahora mismo. Publiqué “La Llorona” con el seudónimo de Rey Domini, en una revista…
Adrienne: ¿Por qué utilizaste un seudónimo?
Audre: Porque no escribo relatos. Escribo poesía. Así que tuve que firmar con otro nombre.
Adrienne: ¿Porque correspondía a una parte diferente de ti misma?
Audre: Justamente. Yo sólo escribo poesía y de pronto aparece un relato. Pero usé el nombre de Rey Domini que es la traducción al latín de “Audre Lorde”.
Adrienne: ¿De verdad no volviste a escribir prosa desde aquel entonces hasta hace un par de años, cuando escribiste “La poesía no es un lujo”?
Audre: No podía. No sé por qué, pero lo cierto es que cuanta más poesía escribía, más imposible me resultaba escribir prosa. A veces me pedían una reseña de un libro, o, cuando trabajaba en la biblioteca, que resumiera los libros… y no es que no tuviera capacidad para hacerlo. Por entonces ya sabía bastante de las frases. Sabía construir un párrafo. Pero comunicar sentimientos profundos a través de bloques impresos sólidos, lineales, me parecía un misterio, era un método que estaba más allá de mi entendimiento.
Adrienne: Pero sí escribías cartas a la velocidad del relámpago, ¿no es así?
Audre: No eran cartas en sentido estricto. Ponía por escrito el flujo de conciencia, lo cual bastaba para comunicarme con las personas que me conocían bien. Mis amigos me devolvieron las cartas que les escribí desde México… es curioso, ésas eran las más acabadas. Recuerdo que sentía que no me podía centrar en un pensamiento el tiempo necesario para llevarlo desde su inicio hasta su conclusión, pero en cambio podía pasarme días y días meditando en un poema, acampada en su mundo.
Adrienne: ¿Lo atribuyes quizá a que seguías creyendo que el pensamiento era un proceso misterioso al que se dedicaban otras personas y en el que todavía te faltaba práctica? ¿Algo que tú no hacías?
Audre: Para mí era un proceso misterioso. Un proceso del que llegué a desconfiar después de ver que se cometían tantos errores en su nombre, un proceso por el que ya no sentía respeto. Y, al propio tiempo, me inspiraba miedo porque había llegado a conclusiones y convicciones irrenunciables sobre mi vida, sobre mis sentimientos, que desafiaban el pensamiento. Y no iba a prescindir de ellas. No iba a renunciar a ellas. Las tenía en demasiada estima. Para mí eran la vida misma. Pero no podía analizarlas ni comprenderlas porque no alcanzaban a tener el sentido que, según me habían enseñado, derivaba del entendimiento. Eran cosas que sabía y no podía decir. Ni podía comprender.
Adrienne: ¿En el sentido de que no podías explicarlas, analizarlas, defenderlas?
Audre: … no podía escribir en prosa sobre ellas. Eso es. Muchos de los poemas por los que me conociste, los recogidos en The First Cities2, los escribí en los remotos tiempos del instituto. Si me hubieras pedido que hablara de cualquiera de esos poemas, no habría dicho más que banalidades. Lo único que tenía por seguro era que debía conservar esos sentimientos y airearlos de alguna forma.
Adrienne: Pero a la vez los estabas transformando en palabras.
Audre: Es cierto. Cuando escribía unas palabras que al fin lograban reflejarlos, las decía en voz alta y entonces cobraban vida, se volvían reales. Comenzaban a repetirse por sí solas y entonces sabía que era así como debía sonar el sentimiento, que aquello era verdad. Como si fuera una campana. Una campana que sonaba a verdad. Y allí estaban las palabras.
Adrienne: ¿Cómo se conectó para ti la enseñanza con la escritura?
Audre: Sé que la enseñanza es una técnica de supervivencia. Lo es para mí y creo que también lo es en general: es la única manera en que puede obrar el aprendizaje. Yo misma estaba aprendiendo algo que me era necesario para continuar viviendo. Lo analizaba y lo enseñaba a la vez que lo aprendía. Era como darme clases a mí misma en voz alta. Todo comenzó en el taller de poesía de Tougaloo.
Adrienne: Cuando te llamaron para que fueras a Tougaloo, estabas enferma, ¿verdad?
Audre: Sí, me sentía… como si hubiera estado al borde de la muerte.
Adrienne: ¿Qué sucedió en aquella época?
Audre: Diane di Prima puso en marcha la editorial Poets Press, eso fue en el año 1967. Y me dijo: “Ya va siendo hora de que publiques un libro”. Y yo le dije: “¿Ah, sí? ¿Y quién lo va a publicar?” Yo estaba a punto de archivar mis poemas porque, en lugar de escribir cosas nuevas, no paraba de revisarlos una y otra vez; fue así cómo descubrí, una vez más a través de la experiencia, que la poesía no es un juego de construcción. No se puede coger un poema y reformarlo continuamente. El poema existe en sí mismo, hay que saber en qué momento dejarlo como está, a no ser que quieras decir algo más, en cuyo caso, adelante. Pero yo no paraba de pulirlos y repulirlos, y Diane me dijo: “Tienes que publicar esto. Sácalos a la luz”. Y Poets Press publicó The First Cities. En fin, trabajé en el libro, lo estructuré, y ya estaba a punto de ir a la imprenta… me habían enviado las galeradas y yo había comenzado a retocarlas otra vez; entonces me di cuenta: ¡Aquello iba a ser un libro! Me iba a exponer. Perfectos desconocidos leerían aquellos poemas. ¿Qué iba a suceder?
Me sentía muy crítica, y estaba metida en un torbellino de actividad porque en casa teníamos problemas económicos. Salí a buscar trabajo; pasaba el día con los niños y de noche trabajaba en una biblioteca. Todas las noches, cuando me iba, Jonathan se echaba a llorar y yo oía sus alaridos mientras recorría el largo pasillo hasta el ascensor. De noche trabajaba, y además aprendí a hacer vidrieras con un artesano, y echaba una mano a mi madre en la oficina, y hacía tarjetas de Navidad para mis amigos, y me puse muy enferma… me pasé de la raya. Estaba tan débil que no tenía fuerzas ni para levantarme, fue Ed quien contestó a la llamada telefónica. Era Galen Williams, del Centro de Poesía; quería saber si me interesaría pasar una temporada como poeta residente en Tougaloo, una universidad para Negros de Mississippi. Me habían recomendado para una beca. Fue Ed quien dijo: “Tienes que aceptar”. Estaba tan baja de energías que me parecía imposible. Me asustaba mucho pensar que la gente iba a tratarme como si fuera una poeta. Cuando, por cierto, el libro aún no había salido a la calle, ¿comprendes?
Adrienne: Y, de pronto, ya había personas desconocidas que te tomaban en serio.
Audre: Exacto. En concreto, me pedían que me volviera una figura pública; que hablara desde mi condición de, y no que simplemente hablara a… En aquel entonces me sentía como si hubiera regresado de entre los muertos, debía aprovechar cualquier oportunidad. Así que me dije, bueno, por qué no, vamos a ver… no porque sintiera que estaba capacitada sino porque era algo nuevo y diferente. Me aterrorizaba la idea de ir al sur. También entraron en juego los ecos de un viejo sueño: años atrás, había querido ir a Tougaloo. Cuando, en 1961, íbamos a marcharnos de California para regresar a Nueva York, mi amiga Elaine y yo pensábamos unirnos a los Freedom Riders de Jackson, pero la madre de Elaine se puso de rodillas allí en San Francisco y nos suplicó que no lo hiciéramos, que nos matarían, así que renunciamos a la idea. De manera que ir a Tougaloo, Jackson, era parte del mito…
Adrienne: Se diría que en aquel entonces veías con mayor romanticismo lo que significaba ir al sur; pero seis años después, ya con dos hijos y después de todo lo que había sucedido en el sur entretanto…
Audre: Tenía miedo. Pero me dije: “Voy a ir”. Fue la primera decisión que contrarrestaba la rabia y el dolor de dejar llorando a aquel niño pequeño todas las noches. Si noche tras noche podía salir de casa, oyendo los gritos de mi hijo, para ir a trabajar a la biblioteca, por qué no iba a hacer algo que al menos me interesaba. De manera que fui.
Adrienne: ¿Sentiste miedo en Tougaloo al tener que enfrentarte a tu primera experiencia de dar clases?
Audre: Sí, pero el ambiente era muy enriquecedor. Pasé allí dos semanas antes de comenzar a reunir alumnos para el taller. Ya había ocho estudiantes que estaban escribiendo poesía. Estar en Tougaloo fue todo un reto… comencé a aprender a ser valiente, comencé a aprender a hablar. Era un grupo pequeño y nos hicimos muy amigos. Aprendí mucho escuchando a los demás. Yo sólo me podía apoyar en la sinceridad y en la apertura, no tenía otra cosa. Y cuando empezamos a abrimos los unos a los otros, aun estando aterrorizada, no tuve más remedio que decirles: “El padre de mis hijos es blanco”. Y hay que comprender lo que eso significaba para aquellos jóvenes Negros en aquel momento; hablar de mí misma con sinceridad y afrontar su hostilidad, su desilusión, y superarlo, fue muy duro.
Adrienne: Debió de resultarte aún más duro porque ya sabías que tu matrimonio no tenía futuro. Es como tener que defender algo que no es defendible.
Audre: Lo que yo defendía era algo que era necesario defender. Era algo que iba más allá de: “Defiendo a Ed porque quiero vivir con él”. Lo que defendía era una relación que teníamos derecho a analizar y a experimentar. Ahí estaba la poeta Negra del norte entablando contacto con unos jóvenes sureños Negros que no me decían: “Esto es para lo que te necesitamos”, pero que me estaban indicando lo que necesitaban de mí al mostrarme quiénes eran. Buena parte de esto queda reflejado en el poema “Black Studies”3. Tougaloo puso los cimientos de ese poema, de ese fragmento de conocimiento que nació cinco años más tarde. Mis alumnos necesitaban de mis percepciones, aunque lo que yo percibía de sus necesidades no coincidía con lo que ellos me decían. En voz alta decían: “Estamos necesitados de personas Negras fuertes”, pero a la vez estaban diciendo que su concepción de la fortaleza la habían heredado de nuestros opresores y no concordaba en absoluto con sus sentimientos.
A través de la poesía comenzamos a ocuparnos de estos asuntos… formalmente. Yo no tenía ni idea de nada. Adrienne, ¡si en la vida había leído un libro sobre poesía! Un día cogí un libro de Karl Shapiro, un librito blanco y fino. Lo abrí y vi una frase que parecía razonable. “La poesía no sirve para vender Cadillacs”. En Tougaloo tuve que hablar por primera vez del proceso de escribir; hasta entonces, siempre había sido una oyente… esa parte de mí que no se expresa, que es inescrutable; no comprendía las cosas en el plano verbal, y, aun cuando las comprendiera, me aterrorizaba hablar. Pero en Tougaloo hablé de la poesía. Y los primeros ejemplares de mi libro me llegaron mientras estaba allí.
Nunca había tenido esa clase de relación con personas Negras. Nunca. Sí había entablado un incómodo diálogo con la Asociación de Escritores de Harlem, donde sentía que me toleraban sin llegar a aceptarme de veras…, pensando que estaba loca y era una excéntrica, pero que ya llegaría el día en que lo superaría. Johnny Clarke me adoptó porque me quería, es un hombre muy afectuoso. Él me enseñó cosas maravillosas sobre África. Y me dijo: “Eres poeta. Lo eres. No comprendo tu poesía, pero eres poeta, es un hecho”. Recibía ese tipo de apoyos. “No estás haciendo lo que se supone que debes hacer, pero bueno, puedes llegar a hacerlo y tenemos plena confianza en que algún día lo harás. Eres una luz brillante, resplandeciente. Te has metido en muchos líos… las mujeres, el Village, tratos con los blancos, todas esas cosas, pero todavía eres joven. Ya encontrarás tu camino”. Recibía ese tipo de mensajes ambiguos, que eran a la vez un refuerzo y un rechazo.
Era una especie de réplica de mi familia. En mi familia me decían: “Eres una Lorde y eso te convierte en una persona especial y superior a cualquier otra del mundo. Pero no eres una Lorde de nuestro estilo, a ver cuando vuelves al redil y empiezas a hacer las cosas como es debido”.
Adrienne: ¿Tenías la impresión de que en la asociación de escritores de Harlem también existían unas leyes no escritas que debías descubrir para llegar a ponerte en regla?
Audre: Sí, llevaba poemas para leer en las reuniones. Y esperaba que me explicaran qué era lo que querían, pero nunca sucedía eso, no sabían o no querían explicármelo.
Adrienne: ¿Había otras mujeres en el grupo, mujeres mayores que tú?
Audre: Rosa Guy era mayor que yo, pero también era muy joven. Sólo recuerdo que hubiera otra mujer, Gertrude McBride. Pero sus apariciones en el taller eran tan fugaces que no llegué a conocerla. En general, el núcleo estaba constituido por hombres. Mi amiga Jeannie y yo participábamos desde una posición un tanto diferente; aún estábamos estudiando en el instituto.
Adrienne: Me estabas contando que trabajar con otros escritores negros en Tougaloo representó una experiencia totalmente diferente.
Audre: Cuando fui a Tougaloo, no sabía qué ofrecer ni de dónde iba a sacar algo que ofrecer. Sabía que no estaba en mi mano darles a mis alumnos lo que solían dar los profesores normales de poesía, y tampoco quería dárselo, porque a mí nunca me había valido de nada. Tampoco podía darles lo que dan los profesores de inglés. Mi persona era lo único que podía ofrecerles. Y entablé una relación muy estrecha con aquellos jóvenes, los quería mucho. Conocía la vida sentimental de cada uno de ellos, porque me reunía con ellos y hablábamos de esas cosas, que se convirtieron en algo inseparable de su poesía. Cuando estábamos en grupo, les hablaba de su poesía relacionándola con lo que sabía de su vida, insistiendo en que, aunque les hubieran enseñado lo contrario, ambas eran inseparables.
Me fui de Tougaloo sabiendo que necesitaba dedicarme a la enseñanza, que el trabajo de bibliotecaria no me bastaba, aunque por entonces ya fuera la directora de la biblioteca del colegio del barrio. Ese trabajo me había proporcionado muchas satisfacciones. Y gozar de una posición elevada era algo que nunca me había sucedido antes en el ámbito profesional. Pero desde que fui a Tougaloo y dirigí aquel taller, supe que además de ser poeta tenía que dedicarme a enseñar.
Casi todos los poemas de Cables to Rage4 los escribí en Tougaloo. Estuve allí seis semanas. Y regresé sabiendo que mi relación con Ed no me bastaba; tendríamos que modificarla o concluirla. Pero no sabía cómo ponerle punto final porque para mí nunca había habido finales. Sin embargo, en Tougaloo había conocido a Frances y sabía que sería una presencia permanente en mi vida. Lo que no sabía era cómo podríamos resolverlo. En Tougaloo dejé un trocito de mi corazón, y no sólo por Frances, sino por todo lo que me habían enseñado mis alumnos.
Cuando regresé, mis alumnos, todos los cuales pertenecían al coro de Tougaloo, me llamaron y me dijeron que iban a venir a cantar en el Carnegie Hall de Nueva York, con Duke Ellington, el 4 de abril. Asistí al acto y publiqué una reseña en el Clarion-Ledger, de Jackson. Y, mientras estábamos allí, asesinaron a Martin Luther King.
Adrienne: ¿Aquella noche?
Audre: Lo asesinaron precisamente cuando estaba en el Carnegie Hall con el coro de Tougaloo. Estaban cantando: “Lo que ahora necesita el mundo es amor”. Interrumpieron la actuación para comunicarnos que Martin Luther King había muerto.
Adrienne: ¿Cómo reaccionó la gente?
Audre: Duke Ellington se echó a llorar. Honeywell, el director del coro, dijo: “Ahora mismo, lo único que podemos hacer es concluir la actuación como un acto conmemorativo”. Y volvieron a cantar: “Lo que ahora necesita el mundo es amor”. Los chicos lloraban. El público lloraba. Y luego el coro se detuvo. Prescindieron del resto del programa. Pero cantaron aquella canción, cuyo eco quedó en el aire. Yo no sólo sentí dolor. Estaba impresionada por el horror y la trascendencia de lo sucedido. No sólo era la muerte de King sino lo que significaba. Siempre he tenido una impresión muy viva de Armagedón, y en aquellos tiempos mucho más, esa sensación de que vivimos al borde del caos. No sólo en lo personal, también en lo que se refiere al mundo. Estábamos muriendo y destruyendo el mundo, es una sensación que nunca me ha abandonado. Sentía que todo lo que hacía, todas nuestras obras creativas y correctas servían para evitar que nos despeñáramos por el abismo. Era cuanto podíamos hacer mientras íbamos construyendo un futuro más sensato. Pero el peligro estaba allí. Y de pronto se había hecho realidad. Algunos de mis poemas, como por ejemplo “Equinox”5, están inspirados en aquellos momentos. Fue entonces cuando supe que debía marcharme de la biblioteca. Y también fue en aquel entonces cuando Yolanda le llevó mi primer libro, The First Cities, a Mina Shaughnessy6, que había sido profesora suya. Y creo que Yolanda le dijo a Mina: “¿Por qué no la contratas para que dé clases?”; ya sabes que Yolanda es así.
Adrienne: Y, además, Mina le hizo caso.
Audre: Yolanda se presentó en casa y me dijo: “La directora del programa SEEK7 quiere conocerte. A lo mejor consigues que te dé trabajo”. Y yo pensé para mí que aquello era todo un reto. No era lo mismo que volver al sur para que me pegaran un tiro, pero cuando Mina mencionó la palabra “profesora”, me sentí tan amenazada como si de eso se tratara. “No sé cómo voy a hacerlo”, pensaba, pero precisamente ésa era la batalla. Lo comenté con Frances, con quien había compartido la experiencia de Tougaloo; le dije: “Si pudiera ir a la guerra, si pudiera empuñar un rifle y defender aquello en lo que creo, sí, lo haría … pero ¿qué voy a hacer en un aula?” Y Frances me dijo: “Lo mismo que hiciste en Tougaloo”. Lo primero que les dije a mis alumnos de SEEK fue: “Yo también estoy asustada”.
Adrienne: Yo también estaba aterrorizada al empezar aquel trabajo. Para mí era un terror blanco; estás en el punto de mira, pensaba, se te va a notar el racismo…
Audre: Para mí fue un terror Audre, un terror Negro. Me sentía responsable ante aquellos estudiantes. “¿Cómo voy a hablarles?”, pensaba. “¿Cómo voy a explicarles lo que quiero de ellos?”, literalmente era eso, ese tipo de terror. No sabía cómo despegar los labios y hacerme comprender. Y Yolanda, mi comadre, que era alumna del programa SEEK, dijo: “Supongo que tendrás que hablarles tal y como me hablas a mí, porque yo soy una de ellos y conmigo consigues comunicarte”. Clase a clase, lo fui aprendiendo todo. Cada una de las clases que daba era algo totalmente nuevo. Cada día, cada semana. Y precisamente eso era lo emocionante.
Adrienne: ¿Diste clases de Inglés I? ¿Era ese curso compartido entre dos profesores, uno se encargaba de la gramática y tú podías actuar como poeta, ser profesora-escritora? Si no hubiera sido por eso, yo tampoco me habría enfrentado a aquellas clases.
Audre: Aprendí a enseñar gramática. Y más adelante comprendí que ambas cosas no se pueden separar. Hay que enseñarlas al unísono porque forman un todo integral. Fue entonces cuando aprendí que la gramática tenía muchísima importancia, que es una parte del proceso de comprensión. Así fue cómo me enseñé a mí misma a escribir en prosa. Fue un aprendizaje continuo. Llegaba a clase y decía: “¿Saben lo que descubrí anoche? Los tiempos verbales son un método de ordenar el caos en torno al tiempo”. Aprendí que la gramática no es arbitraria, que cumple un objetivo, que contribuye a estructurar nuestra forma de pensar, que puede ser tan liberadora como restrictiva. Y volví a experimentar el proceso mediante el que aprendemos esto de niños, y cómo funciona. Es como conducir un coche; cuando ya sabemos conducir, podemos elegir entre prescindir de los coches o utilizarlos, pero no se puede saber si son útiles o destructivos si no se sabe cómo manejarlos. Es como el miedo: una vez que lo afrontas, eres capaz de emplearlo o rechazarlo. En clase les contaba estas cosas a mis alumnos; también estaba trabajando sobre lo que sucedía entre Frances y yo, y sobre lo que me estaba ocurriendo con aquel hombre demente con el que vivía, que quería continuar fingiendo que se podía ver la vida de una forma y vivirla de otra. Y todo esto se canalizaba hacia las clases. En aquel entonces, mis hijos estaban aprendiendo a leer en el colegio, y observar su proceso de aprendizaje me ayudaba mucho. Luego las cosas se pusieron aún más difíciles cuando empecé a dar un curso sobre el racismo en la enseñanza, en Lehmann College; tenía que enseñar a alumnos blancos qué era el racismo, qué relación había entre su vida y aquella ira…
Adrienne: ¿Diste un curso sobre racismo en Lehmann? ¿A estudiantes blancos?
Audre: El Departamento de Educación acababa de poner en marcha un programa dirigido a chicos blancos que iban a dar clases en los colegios de la ciudad de Nueva York. Lehmann era una facultad con un 99% de alumnos blancos, y esos alumnos blancos tendrían que dar clases a los niños negros de la ciudad. El curso se llamaba “Raza y situación urbana”. Mis alumnos se preguntaban: “¿Qué estamos haciendo? ¿Por qué nuestros estudiantes nos odian?” Me pareció increíble que no comprendieran los niveles más elementales de interacción. Yo les explicaba: “Cuando un niño blanco dice ‘dos y dos son cuatro’, le dices ‘eso es’. Pero si un niño Negro de la misma clase se levanta y dice ‘dos y dos son cuatro’, le das unas palmaditas en la espalda y le dices ‘sí, fantástico’. Pero ¿qué mensaje estás transmitiendo en realidad? ¿Qué sucede mientras caminas por la calle camino de clase? ¿Cuándo entras en clase? Vamos a verlo actuando un poco”. Y entonces se desbordaba todo el miedo y el odio de aquellos jóvenes universitarios blancos; hasta entonces, nadie les había hecho enfrentarse a esos sentimientos.
Adrienne: Serían mayoritariamente mujeres, ¿verdad? ¿del departamento de educación?
Audre: Sí, eran mujeres casi todas, que se sentían como víctimas propiciatorias. Al terminar el segundo período lectivo, empecé a pensar que sería mejor que ese curso lo diera una persona blanca. Para mí tenía un coste emocional altísimo. En mi clase no había más que un par de alumnos Negros. Uno de ellos dejó de asistir al curso alegando que a él no le valía de nada; y yo pensé, ¿cómo que no? El racismo es una distorsión que no sólo afecta a los blancos. ¿Qué hay de nosotros? ¿Qué hay de los efectos del racismo blanco sobre la manera en que las personas Negras se ven unas a otras? ¿Del racismo interiorizado? ¿Y de los profesores Negros que dan clases en los colegios de los guetos? Comprendí que a un profesor Negro que va a trabajar a un colegio de la ciudad de Nueva York tras recibir una educación racista y sexista se le plantean problemas distintos e igual de graves.
Adrienne: ¿Problemas relativos a sus expectativas?
Audre: No sólo a las expectativas; también a la imagen que uno tiene de sí mismo, a la confusión de lealtades. A la identificación con el opresor. “¿Quién va a empezar a ocuparse de esas cosas?”, pensaba. “¿Qué haces tú para resolverlo?” Era en eso en lo que quería emplear mis energías. Corría 1969, y, a la vez, yo me preguntaba, ¿qué papel juegas en todo esto? En clase había dos mujeres Negras, y traté de hablarles de nosotras, de las mujeres Negras, de la necesidad de unirnos. Las organizaciones Negras estaban acelerando los preparativos de las movilizaciones de primavera. Y aquellas mujeres me dijeron: “Estás loca. Nuestros hombres nos necesitan”. Un rechazo absoluto. “No, no podemos unirnos con las mujeres. Somos Negras”. Pero yo tenía que seguir intentando desenredar los hilos, porque sabía que en cuanto dejara de tratar de deshacer aquella maraña de mierda, desaparecería tragada por ella. Mi única esperanza era trabajar en ello, desenredar todos los hilos. Mi relación amorosa con Frances, Ed, los niños, las clases a estudiantes Negros, las mujeres.
Fue en 1969 cuando se produjo la ocupación Negra y puertorriqueña del City College. Los estudiantes Negros salieron a montar barricadas a la calle. Yolanda y yo íbamos a los encierros a llevarles sopa y mantas, y veíamos cómo se tiraban a las mujeres Negras sobre las mesas, bajo los pupitres. Tratábamos de apelar a ellas de mujer a mujer, pero lo único que nos respondían era: “Esto es una revolución, a ver si os enteráis”. Ver cómo usaban a las mujeres Negras y abusaban de ellas resultaba doloroso… iba atando cabos. Me dije: “Quiero volver a dar clases a estudiantes Negros”. Fui al John Jay College y presenté al decano la propuesta de un curso sobre racismo y situación urbana, y él me dijo: “Adelante. Da ese curso”. Impartí dos cursos, ése y otro nuevo que presenté al Departamento de Inglés, que consistía en aproximarse a la escritura como terapia a través de la escritura creativa. Era una enseñanza combativa.
Adrienne: John Jay era una facultad a la que asistían fundamentalmente policías, ¿no es así?
Audre: Había sido una escuela de la policía, pero yo empecé a dar clases en 1970, después de que se liberalizara la matrícula y John Jay se convirtiera en una facultad abierta a la que también asistían policías. En los departamentos de inglés y de historia no había ni un profesor Negro. La mayoría de los nuevos alumnos eran Negros y puertorriqueños. Mi comportamiento era muy poco amenazante.
Adrienne: Yo he visto cómo te comportabas en John Jay y no era precisamente así, aunque fue un poco después.
Audre: No hay que olvidar que era una mujer Negra. La cuestión es que puse en marcha aquel curso y salió muy bien. Se apuntaron muchos alumnos. Muchos policías Negros y blancos. Sus pistolas me aterrorizaban.
Adrienne: ¿Llevaban pistola?
Audre: Sí. Y desde que se liberalizó la matrícula y John Jay abrió sus puertas a todos los graduados de bachillerato, teníamos policías y chavales del barrio en la misma clase. En 1970 se estaba asesinando a los Panteras Negras en Chicago. Pero en nuestras clases se mezclaban los policías Negros y blancos, y los chavales Negros y blancos del barrio. La mayoría de las mujeres eran jóvenes Negras que sabían lo que querían y hasta entonces no habían tenido la oportunidad de asistir a la universidad. Algunas procedían del programa SEEK, pero no todas, y era la primera vez que se les presentaba una oportunidad así. Muchas tenían ya sus añitos. Se habían curtido mucho en la calle, pero habían trabajado muy poco sobre su condición de mujeres Negras. Sólo habían trabajado en relación a o en contra de las blancas. El enemigo siempre era algo externo. Impartí ese curso como todos los demás, es decir, aprendiendo sobre la marcha, planteando preguntas duras, sin saber qué pasaría a continuación. Ojalá hubiera grabado algunos momentos de las clases. Como aquel en que un policía blanco dijo: “Claro, pero todo el mundo necesita a alguien a quien despreciar, ¿o no?” Con el tiempo aprendí cómo tenía que hablar. No eran palabras concisas ni refinadas, pero mis alumnos captaron buena parte del mensaje; a partir de ahí debían ponerse en marcha sus propios procesos. Comprendí que en un solo período lectivo no se puede aspirar a más. Quizá haya personas capaces de transmitir bloques de información, pero no era eso lo que yo pretendía. El proceso de aprendizaje tan sólo se puede incitar, literalmente, tal como se incita a la rebelión. Y luego, posiblemente, si hay suerte, llegará a su destino, o continuará adelante.
En aquella época se había desatado en John Jay una batalla en torno al Departamento de Estudios del pueblo Negro. Y una vez más tuve la oportunidad de ver cómo se usaba y abusaba de las mujeres del pueblo Negro, cómo la universidad utilizaba con enorme cinismo los estudios Negros. Un año después, volví a incorporarme al Departamento de Inglés. Había hecho unos cuantos enemigos. Uno de los métodos a los que recurrían para desacreditarme ante los estudiantes Negros consistía en decirles que era lesbiana. En aquel entonces ya me consideraba una lesbiana declarada, pero en John Jay nunca había hablado de mi poesía ni de mi sexualidad. Sabía, como siempre lo había sabido, que la única manera de evitar que la gente te ataque por ser lo que eres consiste en adelantarte a ellos y ser sincera y abierta, en hablar de ti misma antes de que ellos hablen de ti. Ni siquiera era cuestión de valentía. Hablar claro era para mí un mecanismo de protección; tal como lo fue publicar “Love Poem” en la revista Ms. en 1971 y llevarlo a John Jay para colgarlo en la pared del Departamento de Inglés.
Adrienne: Recuerdo que te oí leer “Love poem” en el Upper West Side, en un café de la Calle 72. Fue la primera vez que te oí leerlo. Y creo que fue en aquella época, a comienzos de los setenta. Lo leíste. fue increíble. Un acto de desafío. Fue glorioso.
Audre: Me sentía así, contra las cuerdas, porque aunque ahora la situación siga siendo mala, en aquel entonces, la idea de que en la comunidad Negra existiera el lesbianismo declarado era simplemente espantosa; hemos avanzado muchísimo en poco tiempo. Mi editor me llamó y me dijo literalmente que no comprendía el texto de “Love Poem”. Me dijo: “¿Pero de qué trata esto? ¿Hay que suponer que eres un hombre?” ¡Y eso que era poeta! Yo le respondí: “No, soy una mujer que ama”.
Adrienne: No me vayas a decir que tu editor nunca había oído hablar de las lesbianas.
Audre: Claro que sí, pero la idea de que yo hubiera escrito un Poema…
Adrienne: …Que una de sus poetas de la serie Broadside…
Audre: Eso mismo. Y era un hombre sensible. Era poeta.
Adrienne: Y publicó tu obra.
Audre: Sí, la publicó. Pero al principio no publicó aquel poema. “Love Poem” debería haber formado parte de From a Land Where Other People Live.
Adrienne: ¿Y no lo publicaron en ese libro? ¿Lo retiraste?
Audre: Sí. Pero cuando me oíste leer “Love Poem”, yo ya había decidido no preocuparme más por quién supiera o dejara de saber que siempre había amado a las mujeres. Hubo algo de lo que siempre saqué fuerzas, y no se puede llamar valentía ni coraje, a no ser que esto sea el material del que están hechos la valentía y el coraje; me refiero a la sensación de que puesto que soy vulnerable en muchísimos aspectos y no puedo dejar de serlo, al menos no voy a aumentar mi vulnerabilidad poniendo en manos de mis enemigos las armas del silencio. En la comunidad Negra no es fácil ser lesbiana declarada, pero permanecer oculta en el armario es aún más duro.
Cuando un pueblo comparte una opresión común, desarrolla determinadas habilidades y defensas conjuntas. Y si una sobrevive, es gracias a que esas habilidades y defensas han funcionado. Pero al entrar en conflicto con otras diferencias, surge una vulnerabilidad muy profunda y crítica entre los miembros del mismo pueblo. Y eso es lo que les sucede a los hombres y mujeres Negros, porque poseemos determinadas armas que hemos perfeccionado entre todos y que las mujeres y hombres blancos no comparten con nosotros. Al comentarle esta idea a una mujer, ella opinó muy acertadamente que en la comunidad judía sucede lo mismo, entre las mujeres y los hombres judíos. Creo que la opresión que sufren es distinta, pero el mecanismo de la vulnerabilidad es el mismo. Cuando se comparte la misma opresión, se llegan a poseer determinadas armas adicionales que se han forjado en secreto contra el enemigo común y pueden emplearse contra tu propio pueblo. Yo todavía no me he liberado de ese miedo, y lo recuerdo constantemente cuando trato con otras mujeres negras: es el miedo a la ex compañera de lucha.
Adrienne: En “La poesía no es un lujo” decías: “Los padres blancos nos dijeron: ‘Pienso, luego existo’. La madre negra que todas llevamos dentro, la poeta, nos susurra en nuestros sueños: ‘Siento, luego puedo ser libre’”. He oído comentar que con esto lo único que hacías era formular de otro modo los viejos estereotipos del hombre blanco racional y la mujer oscura emocional. Pero yo creo que estabas diciendo algo muy distinto, ¿podrías hablar un poco sobre esto?
Audre: He oído esa acusación de que estoy reforzando los estereotipos, de que estoy afirmando que la inteligencia y la racionalidad son parcelas que pertenecen al hombre blanco. Pero la cuestión es que cuando se viaja por un camino que no comienza ni termina en ninguna parte, ¿qué más da a quién pertenece el camino? Si el camino no arranca de ningún lado ni conduce a ningún lugar en términos geográficos, si carece de objetivo, la existencia del camino pierde todo su sentido. Atribuir la racionalidad al hombre blanco es como darle un trozo de ese camino sin principio ni fin. Cuando hablo de la madre Negra que llevamos dentro, de la poeta, no me refiero a las madres Negras que llevamos dentro y a las que llamamos poetas, me refiero a la madre Negra…
Adrienne: ¿Quién es la poeta?
Audre: La madre Negra poeta vive dentro de cada uno de nosotros. Cuando los pensadores varones o patriarcales (ya sean hombres o mujeres) rechazan esa combinación, lo que hacen es truncarnos. No es que la racionalidad no sea necesaria. Está al servicio del caos del conocimiento. Al servicio del sentimiento. Sirve para ir de un lugar a otro. Pero si no se concede valor a esos lugares, el camino no vale de nada. Y eso es lo que sucede muy a menudo con el culto a la racionalidad y con el pensamiento analítico, académico, circular. Aunque, en definitiva, yo no entiendo como una dicotomía el sentimiento y el pensamiento. Los entiendo como una elección de medios y combinaciones.
Adrienne: Un tipo de elección que estamos realizando continuamente. No se hace de una vez por todas. Hay que renovarla a cada instante, una y otra vez, dependiendo de dónde nos encontremos.
Audre: Creo que nos han enseñado a pensar, a codificar la información, de una manera determinada y antigua, y también nos han enseñado a aprender y a comprender las cosas de esa manera. Las formas posibles de lo que nunca ha cobrado existencia sólo existen en ese lugar oculto donde guardamos los anhelos indómitos y sin nombre de algo diferente, algo que está más allá de lo que hoy se denomina posible, y hacia donde nuestro entendimiento puede ir abriendo caminos. Pero se nos ha enseñado a negar estas parcelas fértiles de nuestro ser. Personalmente creo que la madre Negra tiene una presencia mayor en las mujeres; ahora bien, es el nombre de una humanidad a la que los hombres tampoco son ajenos. Mas los hombres han tomado postura en contra de esa parte de su ser, es la postura que ha tomado el mundo a lo largo de la historia. Yo creo que estamos evolucionando, Adrienne, y esto ya te lo he dicho antes. Evolucionando como especie…
Adrienne: Las mujeres están evolucionando…
Audre: La especie humana está evolucionando a través de las mujeres. No es mera casualidad que cada vez haya más y más mujeres; suena raro, ¿verdad?; cada vez nacen más mujeres, sobreviven más mujeres… y, si no queremos repetir los mismos errores de siempre, hemos de tornarnos en serio esa promesa de un nuevo poder. Si no aprendemos la lección de la madre Negra que llevamos dentro, seamos Negros o no… Yo creo que es un poder que también está en los hombres, con la diferencia de que ellos optan por no abordarlo; decisión que, según he llegado a comprender, tienen derecho a adoptar. Es de esperar que se pueda influir sobre esa decisión, pero ¿quién sabe? No creo que el paso de la etapa en que se resuelven los problemas a la etapa en que se experimenta la vida sea un cambio que vaya a operarse en una sola generación, ni de una vez por todas. El cambio es una nueva orientación que tratamos de poner en marcha y sobre la que procuramos influir. No estoy diciendo que las mujeres no piensen ni analicen. Ni que los blancos no sientan. Lo que digo es que nunca debemos cerrar los ojos ante el terror, ante el caos que es Negro que es creativo que es femenino que es oscuro que es rechazado que es confuso que es…
Adrienne: Siniestro…
Audre: Siniestro, apestoso, erótico, indefinido, molesto…
Adrienne: Creo que debemos reivindicar y utilizar un vocabulario que se ha empleado de manera negativa, peyorativa. y supongo que ésa es la afirmación que encierra tu frase, una afirmación que repites una y otra vez en tu poesía. y no se trata de algo tan simple como decir: “Lo negro es hermoso”.
Audre: Una máquina negra no tiene nada de hermoso. ¿Sabes una cosa, Adrienne?, cuando estaba en el instituto, el director de la revista que publicábamos allí me dijo para suavizar el hecho de que me había rechazado un poema: “A fin de cuentas, Audre, no te interesa ser una poeta sensualista”.
Adrienne: A mí me decían que mi poesía no debía ser airada, no debía ser personal.
Audre: Cuando publiqué “Usos de lo erótico”, una serie de lectoras me dijeron que era un ensayo antifeminista, que emplear lo erótico como directriz es…
Adrienne: ¿Antifeminista?
Audre: Es reducirnos una vez más a lo invisible, a lo inutilizable. Que con mis palabras nos colocaba de nuevo en el área de la intuición absoluta, ajena a la comprensión.
Adrienne: Y, sin embargo, en ese ensayo hablas del trabajo y del poder, las dos cosas más políticas que existen.
Audre: Sí, pero lo que ellas ven es… es una cuestión que abordo desde el principio: trato de explicar que lo erótico se ha empleado tan a menudo en contra nuestra, el vocablo mismo, que hemos aprendido a desconfiar de nuestro ser más profundo; y ése es el medio por el que aprendemos a testificar en contra de nosotras mismas, en contra de nuestros sentimientos. El conocimiento de lo erótico es algo que las mujeres pueden emplear creativamente en su vida, para su supervivencia. No es mediante tácticas policiales o técnicas de opresión como se logra que las personas testifiquen contra sí mismas. Es mediante el adoctrinamiento como se consigue que las personas lleguen a desconfiar de todo aquello que llevan dentro que no ha sido sancionado y rechacen de entrada la parte más creativa de sí mismas, de suerte que ya ni siquiera sea necesario erradicada. Una mujer Negra que denigra la obra de otra mujer Negra. Las mujeres Negras que compraron unas tenacillas para el pelo y las metieron en mi taquilla en la biblioteca. Ni siquiera eran hombres Negros, eran mujeres Negras testimoniando en su propia contra. Es inquietante y destructivo que algunos de nuestros mejores cerebros, de nuestras mujeres más analíticas y creativas, den la espalda a lo erótico. Porque no se puede combatir contra el viejo poder sólo con sus armas. Sólo podemos combatirlo creando una estructura global que abarque todos los aspectos de la existencia, crearla a la vez que resistimos.
Adrienne: Como decías al hablar de los cursos, de los estudios sobre negros y mujeres: no se trata de que se nos “permita” tener una historia, una literatura o una teoría propias, dentro del marco de poder de siempre. Lo importante es cada minuto de nuestras vidas, desde lo que soñamos al dormir, pasando por el momento de levantarse y lavarse los dientes, hasta que salimos para dar clases…
Audre: A las mujeres Negras y blancas se les presentan en la vida alternativas distintas, nos rodean peligros latentes diferentes debido a nuestras experiencias, a nuestro color. Los problemas que afrontamos no siempre son los mismos, pero, además, algunas de las trampas y de las armas utilizadas para neutralizarnos tampoco lo son.
Adrienne: Me gustaría que profundizásemos más en esto, con relación a ti y a mí, y también en general. Creo que es necesario hablar de esto, escribir sobre ello: las diferentes alternativas y posibilidades de elección que se ofrecen a las mujeres negras y blancas. Se corre el peligro de verlo en términos de todo o nada. Y yo creo que el asunto es muy complejo. A las mujeres blancas se les ofrece continuamente la posibilidad de elegir o lo que parece la posibilidad de elegir. A veces es una posibilidad muy real. Y no siempre percibimos esa diferencia.
Audre: Adrienne, en mis diarios hay muchos fragmentos de conversaciones que mantengo mentalmente contigo.
Tengo una conversación contigo y la anoto en mi diario porque es como un símbolo de las conversaciones que ocurren en el espacio que hay entre la mujer Negra y la mujer blanca, es algo que trasciende a Adrienne y Audre; es casi como si representáramos dos voces distintas.
Adrienne: ¿Te refieres a conversaciones que tienen lugar en tu cabeza o en tu diario, o a conversaciones que mantenemos en esta tierra?
Audre: Son conversaciones que tienen lugar en mi cabeza y que anoto en mi diario. Este fragmento pertenece a una de ellas… una charla sobre los distintos peligros ocultos. Nunca he olvidado la impaciencia que había en tu voz cuando me dijiste por teléfono: “No basta con que me digas que lo intuyes”. ¿Lo recuerdas? Nunca lo olvidaré. Aunque comprendía lo que querías decir, sentí que estabas echando por tierra mi manera de hacer, mi manera de percibir y formular.
Adrienne: Sí, pero no trataba de echar por tierra tu manera de hacer. Porque no creo que la mía no sea intuitiva, ¿entiendes? y una de las cruces con las que he tenido que cargar toda la vida ha sido que me tachen de racional, lógica, fría… no soy fría, ni tampoco soy racional y lógica en ese sentido. pero es cierto que, al tratar de traducir tu experiencia a la mía, de vez en cuando necesito que me expliquen las cosas con pelos y señales. Me da miedo deslizarme hacia ese: “Ah, claro, te comprendo”. Recordarás que esa conversación telefónica giró en torno al ensayo sobre feminismo y racismo que yo estaba escribiendo. Lo que pretendía decirte era: “No dejemos que esto evolucione hacia: ‘No me comprendes’, o ‘No puedo comprenderte’, o ‘Sí, claro, cómo no nos vamos a comprender si nos queremos”. Todo eso son sandeces. Si te pido documentación es porque me tomo en serio esos espacios creados por la diferencia, por el racismo, que nos separan. Hay momentos en los que no puedo dar por sentado que sé lo que tú sabes, a no ser que me lo expliques.
Audre: Es que yo tengo por costumbre considerar que si me piden documentación, es porque ponen en tela de juicio mis percepciones y están intentando devaluar lo que estoy en proceso de descubrir.
Adrienne: Pues no es así. ayúdame a percibir lo que tú percibes. Eso es lo que trato de decirte.
Audre: Pero la documentación no ayuda a percibir. En el mejor de los casos analiza la percepción. Y en el peor, proporciona una pantalla protectora contra la necesidad de concentrarse en la revelación clave y profundizar en ella para ver cómo nos hace sentir. Conocimiento y entendimiento, una vez más. Pueden funcionar en sintonía, pero no sustituirse mutuamente. En todo caso, no rechazo tu necesidad de documentarte.
Adrienne: Y, de hecho, me has proporcionado documentación a través de tus poemas siempre; y más recientemente con un largo texto en prosa8 que has escrito, y con las charlas que has dado. Ya no me parece que me falte documentación.
Audre: No olvides que soy bibliotecaria. Me hice bibliotecaria porque estaba convencida de que ese oficio me proporcionaría herramientas con las que ordenar y analizar la información. No podía conocer todo lo que existe en el mundo, pero me haría con herramientas para ir aprendiendo. Pero esas herramientas resultaron tener un valor limitado. Puedo explicarte cuál es el camino para ir a Abomey y no cabe duda de que sin esa información quizá no llegarías. Lo que tú dices es cierto, sí. Pero una vez que llegas allí, sólo tú sabes por qué has ido, sólo tú puedes buscar aquello que te movió a ir y que tal vez encontrarás.
En determinados momentos, la solicitud de documentación produce ceguera, pone en cuestión mis percepciones. En cierta ocasión me dijeron que no había apoyado con documentación a la diosa africana, ese vínculo femenino que recorre The Black Unicorn9. Y no pude por menos que reírme. Soy poeta, no soy historiadora. He compartido mis conocimientos, o al menos en eso confío. Si quieres, ahora tú puedes documentarlos.
No sé cómo lo verás tú, Adrienne, pero a mí ya me resulta bastante difícil verbalizar mis percepciones, bombear lo que hay en las profundidades, modelar un asidero, y en esos momentos la documentación no vale de nada. La percepción precede al análisis tal como la visión precede a la acción y al logro. Es como componer un poema…
Es lo único por lo que he tenido que luchar toda la vida: preservar mis percepciones de cómo son las cosas y, más adelante, aprender a aceptarlas y, a la vez, a corregirlas. Y he tenido que hacerlo enfrentándome a una oposición tremenda y a críticas crueles. Pasé largo tiempo poniendo en cuestión mis percepciones y mi conocimiento interior, sin llegar a abordarlos, tropezando con ellos.
Adrienne: El problema que hay entre nosotras tiene otra dimensión. Una dimensión que ciertamente estaba presente en aquella conversación telefónica en la que te pedí que me explicaras todo con pelos y señales. Algunas de tus percepciones creaban en mí grandes resistencias. Pueden resultarme muy dolorosas. Tus percepciones sobre lo que sucede entre nosotros, entre el pueblo negro y el pueblo blanco, entre las mujeres negras y blancas. No puedo aceptar tus percepciones sin inmutarme. Algunas me resultan muy duras. Pero tampoco quiero rechazarlas. No me lo puedo permitir. La solución es examinarlas bien y decir: “¿Me sirve esto de algo? ¿Qué puedo hacer con esto?” Tengo que intentar distanciarme, y no sumergirme en lo que afirmas tan rotundamente. Hay una parte de mí que quiere oponer una resistencia total, y otra parte que desea la aceptación plena, y es entre ambas donde debo hallar mi terreno. Pero en ningún caso puedo permitirme anular tus percepciones o fingir que las comprendo cuando no las comprendo. Cuando se trata de algo relacionado con el racismo -entendido no sólo como la violencia declarada que se practica por ahí, sino también como las diferencias en nuestras formas de ver-, siempre hay que preguntarse: “¿De qué me vale esto? ¿Qué puedo hacer al respecto?”
Audre: “¿Hasta qué punto puedo soportar ver esta verdad/ y seguir viviendo/ sin volverme ciega?/ ¿Hasta qué punto puedo servirme/ de este dolor?”10. No plantear esta pregunta clave, eludir este paso esencial, es el mayor para todos. ¿Recuerdas el artículo que escribí para The Black Scholar11? Conseguí escribir algo útil pero limitado, porque no formulé la pregunta esencial. Y al no habérmela planteado a mí misma, al no comprender que la clave estaba en una pregunta, le resté mucha energía al artículo. Lo leía una y otra vez, y pensaba: “No es así como debería quedar”. Pensaba que me estaba refrenando para que The Black Scholar no lo rechazara. Pero la cuestión no era ésa. Me estaba refrenando porque no me había preguntado: “¿Por qué los hombres Negros consideran tan amenazador el hecho de que las mujeres amen a otras mujeres si no es porque quieren asumir la postura del varón blanco?” La cuestión era hasta dónde llegaba mi capacidad de resistencia, y que no me había dado cuenta de que podía soportar más de lo que creía. Y además era importante usar esa percepción de una manera que no fuese airada ni destructiva.
Adrienne: Hablando de ira y destrucción, ¿qué pretendías decir con los cinco primeros versos de “Power”12?
Audre: “La diferencia entre la poesía/ y la retórica/ es estar dispuesto/ a matarte a ti mismo/ en lugar de matar a tus hijos”. ¿Qué sentí al escribirlos? Estaba muy afectada por algo que había sucedido…
Adrienne: El policía blanco que mató a un niño negro de un tiro y fue absuelto. Por aquellas fechas, cuando escribiste el poema, comimos juntas un día y no paraste de hablar de eso.
Audre: Iba conduciendo cuando oí por la radio que habían absuelto al policía. Me puse mala de rabia, y decidí aparcar y tomar unas notas para de ese modo conseguir cruzar la ciudad sin tener un accidente, así de furiosa y de mal me sentía. Y escribí esos versos… fue algo automático, el poema surgió sin la menor elaboración. Probablemente por eso te hablé del asunto, porque no me parecía que fuera un verdadero poema. Pensaba que el asesino había sido un alumno de John Jay, y que quizá le hubiera visto por los pasillos, y que podría volver a toparme con él. ¿Cuál sería su justo castigo? ¿Qué se podía hacer? En el jurado había una mujer Negra. Podría haber sido yo. Y yo estaba dando clases en John Jay College. ¿Tenía que matarlo? ¿Qué papel me tocaba desempeñar? ¿Mataría también a la mujer Negra del jurado? ¿Qué poder la asistía, o me habría asistido a mí, a la hora de tomar postura?
Adrienne: Contra once hombres blancos…
Audre: … el miedo atávico a un poder estructurado con el que no estás de acuerdo. Ahí estaba el jurado, un poder masculino y blanco, una estructura masculina y blanca… ¿cómo podía tomar postura contra ellos? ¿Cómo abordar las diferencias amenazadoras sin matar ni que te maten? ¿Cómo emplear las propias creencias y vivirlas no como una teoría, ni siquiera como una emoción, sino en el frente de acción, donde se logran resultados y cambios? Todas estas cuestiones se colaron en ese poema. Pero en aquel momento no sentía ni comprendía las conexiones, sólo tenía claro que yo era aquella mujer. Y que arriesgarme para hacer lo que había que hacer en cada momento y lugar era extremadamente difícil y, a la vez, crucial, pues renunciar a hacerlo significaba la más espantosa de las muertes. Y arriesgarse es como matar una parte de ti, en el sentido de que al arriesgarte matas o destruyes algo conocido, cómodo, para que pueda nacer algo nuevo en nosotros, en nuestro mundo. El poema en cuestión surgió de la sensación de escribir al límite, con premura, no por elección sino por necesidad, por necesidad de sobrevivir, y también surgió del dolor por la muerte repetida una y otra vez de mi hijo espiritual. Vivir una parte de tu visión te expone a constantes ataques violentos. Por parte de las necesidades, de los horrores, pero también de los prodigios, de las potencialidades.
Adrienne: Es lo que te iba a decir, que hablases de la otra cara.
Audre: Sufres un bombardeo permanente de portentos, de verdaderos prodigios, es como una lluvia de meteoritos, de continuas conexiones. Y después tratas de separar lo que es útil para la supervivencia de lo que está distorsionado y es destructivo para el ser.
Adrienne: Ésa es una labor ingente… rechazar las distorsiones, conservar lo que nos es útil. Hay que hacerla incluso con la obra creada por personas a quienes admiramos mucho.
Audre: Sí, es comprometerse a ser abierto selectivamente. Yo tuve que hacerlo para sobrevivir físicamente. ¿Cómo vivir con el cáncer y no sucumbir a una de las múltiples muertes que me amenazan? ¿Qué tengo que hacer? Cuando te enfrentas a esa labor, nadie puede explicarte cuáles son tus posibilidades. En el hospital no paraba de pensar, “veamos, debe de haber alguien en algún lugar, una feminista lesbiana y Negra con cáncer, ¿cómo lo sobrelleva?” Entonces lo comprendí, “cariño, si eres tú”. Leí todos los libros que cayeron en mis manos y luego lo comprendí, nadie podía hacerlo por mí. Tenía que decidir yo misma, comprobar cómo me sentía bien. La determinación, la poesía.., en fin, todo eso se refleja en mi obra.
Adrienne: Me estaba acordando de la época en que te hicieron la primera biopsia, en 1977, cuando las dos íbamos a participar en un encuentro en Chicago sobre “la transformación del silencio en lenguaje y acción”. Lo organizaba la Modern Language Association, y tú dijiste que no pensabas ir de ninguna manera, ¿lo recuerdas? Que no podías participar, que no te hacía falta, que no te iba a aportar nada importante. Pero, al final, fuiste y dijiste lo que dijiste, y te aportó algo, y no sólo a ti.
Audre: Tú me dijiste: “¿Por qué no les hablas de la experiencia que acabas de vivir?” Y yo empecé a protestar: “Pero si no tiene nada que ver con el tema del encuentro”. Pero, mientras lo decía, caí en la cuenta de que se iba a hablar de “silencio”, de “transformación”. Yo no había hablado de mi experiencia… Eso era silencio… ¿Podía transformarlo? ¿Podía establecer una conexión? Y, sobre todo, ¿cómo podía compartir mi experiencia? Y mientras redactaba la ponencia, las conexiones se fueron esclareciendo por sí solas. Esa ponencia13 la escribí más o menos en la misma época que “Letanía por la supervivencia”. Tenía la sensación, una sensación probablemente física, de que mi vida ya nunca sería como antes. Y que si no me enfrentaba entonces a una serie de cosas, de todas maneras llegaría el momento en que habría de plantarles cara. Si no por el cáncer, por otro motivo, pero tendría que examinar las condiciones y los medios, así como los porqués, de mi supervivencia… y examinarlos teniendo en cuenta que estaban cambiando. Buena parte del trabajo que hice en ese sentido lo realicé antes de saber conscientemente que tenía cáncer. En aquella ponencia traté de la muerte y del proceso de morir, de cómo abordar el poder y la fortaleza, de la sensación de “¿De qué me están pasando factura?”, cuestiones todas ellas que se volverían cruciales para mí un año más tarde. “Usos de lo erótico” lo escribí cuatro semanas antes de saber que tenía cáncer de pecho, en 1978.
Adrienne: Esto conecta con lo que decías antes con respecto a escribir poemas que no existían y que tú necesitabas que existieran.
Audre: Aquella ponencia me sirvió para levantar el ánimo e ir a Houston y California; me animó a empezar a trabajar de nuevo. Si no hubiera dado con aquellas palabras, no sé cuándo habría sido capaz de volver a escribir. Y ahora, como ves, hemos cerrado el círculo, porque es ahí donde se funden el conocimiento y el entendimiento. El entendimiento convierte el conocimiento en algo utilizable; y ahí radica la premura, el ímpetu, el impulso. No sé cómo he escrito el largo ensayo que acabo de concluir, pero sabía que tenía que escribirlo.
Adrienne: Para comprender lo que sabías y hacerlo comprensible para los demás.
Audre: Justamente. Ahora es un proceso ineludible. Pero, en mi caso, previamente necesitaba saber que lo sabía… necesitaba sentir.

Notas
1 Esta entrevista, realizada el 30 de agosto de 1979 en Montague, Massachusetts, se editó a partir de tres horas de grabaciones. La entrevista se realizó por encargo de Marilyn Hacker, editora de Woman Poet: The East (Women-In-Literature, Reno, Nevada, 1981), donde se publicó parcialmente. Fue publicada íntegramente por primera vez en Signs, vol. 6. n°. 4 (verano de 1981).
2 The First Cities (Poet Press, Nueva York, 1968).
3 New York Head Shop and Museum (Broadside Press, Detroit, 1974), págs. 52-56.
4 Cables to Rage (Paul Breman, Heritage Series, Londres, 1970).
5 Publicado por primera vez en Land Where Other People Live (Broadside Press, Detroit, 1973), y recogido en Chosen Poems: Old and New (W. W. Norton and Company, Nueva York, 1982), págs. 39-40.
6 Mina Shaughnessy (1924-78), directora de Programa SEEK (“Búsqueda de Educación, Elevación y Conocimientos”) del City College, Universidad de la Ciudad de Nueva York.
7 “Search for Education, Elevation and Knowledge”. Era un programa de pre-bachillerato enmarcado en la enseñanza compensatoria de la Universidad de la Ciudad de Nueva York en el que participaron como profesores una serie de escritores en la década de 1960 y principios de 1970.
8 Zami: A New Spelling of My Name, publicado originalmente por Persephone Press en 1982 y editado de nuevo por Crossing Press en 1983.
9 The Black Unicorn (W. W. Norton and Company, Nueva York, 1978).
10 De “Need: A Choral of Black Women Voices”, en Chosen Poems, pág. 115.
11 “Rascar la superficie: algunas notas sobre las barreras que se alzan contra las mujeres y contra el amor”.
12 The Black Unicorn, págs. 108-110.
13 Véase “La transformación del silencio en lenguaje y acción” en este mismo volumen.
